martes, 3 de julio de 2012

Una chica y 100 deseos - Capítulo 2


2. La vida es un baile
Un profesor que caminaba con la mirada firme, y con decididos pasos, irrumpió en la clase.
Las chicas que rodeaban a Luis se sentaron, pero sin dejar de sonreírle, y Sara y Ángela fueron también a sus respectivos sitios en clase.
- Buenos días, profesor – dijo Nia, una chica con un pelo que caía por los hombros sin una sola punta torcida, de pequeñas ondulaciones y color castaño, la primera de la clase en todo.
- Buenos días, Nia – respondió el profesor con cara de asco. En el fondo, puede que incluso el profe tuviera manía a Nia – Hoy vais a salir a corregir las ecuaciones que mandé ayer, vosotros mismos en la pizarra – se oyeron insultos y suspiros por parte de los alumnos. Era como si el profesor Miguel quisiera humillarlos delante de toda la clase; claro que eso no ocurría si estabas en la corona: formada por los chicos más atléticos (la mayoría del equipo de baloncesto o de fútbol) y las chicas más guapas y listas (las del equipo de animadoras, algunas de la clase de danza y una minoría del taller de ciencia, como Nia). – Bien... que salga a la pizarra Carlos Monte, haz las ecuaciones una y dos. Los demás, atentos y silencio.
Permanecieron en silencio, tal y como se les había indicado. Era un espectáculo delicioso ver a Carlos salir a la pizarra. Tenía la manía de empezar a escribir muy arriba y, con sus camisetas ajustadas, se le notaban todos los músculos. Las chicas no cerraban los ojos, se derretían ante tal imagen.
Nadie se rió ni susurró cuando Miguel tachó la mitad de la ecuación, y tras apuntarse en su cuaderno unas anotaciones, llamó a Sara Valentino. Ella, apesadumbrada, se levantó ante la atenta mirada de sus compañeros. Notó cada mirada de desprecio puesta en su nuca, y cuando empezó a realizar el ejercicio, la clase estalló en carcajadas.
- ¿Qué ocurre? – preguntó Miguel.
La clase no dijo nada. Lo que pasaba era que el gracioso de Pablo se había puesto a imitar la manera de colocarse la boina que llevaba la chica.
Sara terminó la ecuación y se sentó en su mesa. El profesor asintió satisfecho y apuntó más cosas en su cuadernillo.
- Nia Gómez, ecuaciones seis y siete, y quiero que desarrolles el problema de la página 132.
- Por supuesto, profesor – dijo Nia apartándose su cuidado pelo hacia atrás. Sabía que su maestro le mandaría algo extra en comparación con los demás. A ella no le importaba lo más mínimo, seguiría mostrando a los demás de qué era capaz.
En unos minutos todo estaba resuelto. Nia dejó la tiza en su sitio y se sentó satisfecha.
Por fin sonó el timbre y los alumnos pudieron escapar de que les tocara a ellos.
Sara fue a reunirse con Ángela, y las dos juntas se acercaron al círculo de chicas que rodeaban a su mejor amigo.
- ¡Luis! ¿Vienes? – gritó An.
- Claro, ayudadme a salir de aquí – su amigo se hacía la víctima, él sabía de sobra que si se lo pedía, aquellas chicas se irían: cualquier cosa por complacer a este guapísimo chico de pelo hacia un lado, labios gruesos y cuerpo de atleta: era capitán del equipo de natación, y las chicas no iban a ver al equipo del instituto para animar precisamente...
Sus amigas lograron sacarle de allí y fueron a pasear.
- Bueno chicas, ¿qué os contáis? – Luis sonrió con la preciosa sonrisa que tenía.
- Vamos, Luis, no utilices tus métodos de ligue con nosotras, que somos tus amigas – sentenció Sara y los tres se rieron.
- Vale, ahora en serio, ¿cómo os va?
- Yo he recibido una carta de mi madre esta mañana.
- ¡Qué bien! ¿Y qué tal?
- Lo de siempre... mi padre se ha mosqueado – dijo subiendo las cejas.
- Ya... se le pasará, es porque todo ha sido muy reciente – intentó animarla su amiga.
- Te recuerdo que han pasado ya dos años, en mi opinión, tiempo suficiente – dijo tristemente Sara.
- Bueno... olvidémonos del tema, ¡hay que vivir la vida! – dijo su amigo.
Madre mía, qué guapo era ese chico. Tenía una sonrisa que levantaba el ánimo a cualquier persona, y su pelo, su mirada tranquilizante, sus ocurrencias, sus tonterías...
Él siempre había tenido un hueco entre los que formaban “la corona” del instituto, pero había preferido pasar el tiempo con sus verdaderas amigas: Sara y Ángela.
Cuando estaban en la clase de lengua, una vez terminado el recreo, llamaron a todos los alumnos de secundaria; se les convocó en el salón de actos.
La joven directora, una mujer que siempre llevaba su pelo rubio brillante en un moño bien recogido, tomo la palabra frente al micrófono.
- Buenos días, estudiantes. Os hemos convocado aquí para daros la gran noticia de que dentro de una semana se van a comenzar los preparativos para el baile de primavera.
La gente aplaudió contenta. Los bailes en el instituto Torresol (sí, el nombre del colegio es el mismo que el del pueblo) eran un clásico. En la ESO había baile de primavera y baile de otoño. Ahí es donde se veían vestidos largos y cortos, brillantes, con lazos, cinturones... Donde la música y el baile serían los protagonistas, donde habría en una mesa alargada el típico ponche y los típicos canapés y también estaría el momento de tener que pedirle a alguien que fuera contigo. El momento que Sara más temía, lo que no sabía ella, era que ese año sería diferente.

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