lunes, 2 de julio de 2012

Una chica y 100 deseos - Capítulo 1

1. A un deseo de distancia
Aquel día hacía un sol resplandeciente que brillaba con fuerza derritiendo la nieve que había caído el día anterior.
En la mayoría de los jardines de Torresol había un muñeco de nieve, las casas estaban metidas bajo una capa blanca y a penas se oían ruidos. Había una gran paz y tranquilidad, nada raro en ese pueblecito a las afueras de la gran ciudad.
Y cuando el despertador de uno de los adolescentes de por allí sonaba, los demás también lo hacían, ya que no había más de dos institutos diferentes.
Las casas se ponían en marcha y las prisas y el agobio se imponían en los padres.
-         ¡Vamos, Sara! ¡Es tarde! – llamó el padre de la chica.
Esta última refunfuñó y se tapó con la colcha, pero al segundo aviso de su padre, bajó de la cama y se puso una camiseta y unos vaqueros sin mirar cómo eran. Se arregló el pelo en uno de los complejos peinados que sólo ella sabía hacer y bajó a desayunar.
-         Coge el correo, ¿quieres? - Sara asintió e hizo lo que su padre le había pedido.
Ojeó las cartas: publicidad, más publicidad, trabajo de papá, factura, factura y ¡carta de mamá! Ella se puso tan radiante como el sol de felicidad y la abrió contenta, ya que las cartas de su madre las recibía cada bastante tiempo, y aquella vez había tardado más de la cuenta y ella pensaba que se había olvidado por completo de su propia hija. La carta, escrita en papel reciclado y con letra sumamente delicada decía:
“Querida hija, ¿cómo estás? Sabes que te añoro muchísimo desde el divorcio, pero a penas tengo un rato para escribirte. Yo me encuentro satisfecha con mi nuevo trabajo aquí, en Australia, y te prometo que en cuanto tenga vacaciones iré a visitaros y luego nos iremos tú y yo a mi nueva casa, y te enseñaré todo lo que puede ofrecer este gran país. Aquí estamos en verano, y es muy gracioso todo, ¡ya que aquí los regalos los reciben en la playa! En fin, quería decirte que me acuerdo de ti cada día, y que te quiero muchísimo.
Con amor,
Mamá.”
Sara apretó la carta con fuerza contra su pecho y fue a su cuarto a guardarla junto las otras en la cajita de madera que le regaló su abuela. A continuación cogió su mochila y bajó de nuevo a la cocina para ponerse a desayunar.
-         ¿Qué decía la carta? – preguntó su padre.
-         Nada, que me quiere mucho, que allí está contenta con su trabajo y que cuando tenga vacaciones vendrá a vernos – calló la parte de irse a Australia.
-         ¿Y nada más? – preguntó el hombre muy serio.
-         No.
-         ¿De verdad?
Pero Sara no podía mentir a nadie, y menos a su padre.
-         Bueno... dijo que también quería que fuera con ella a Australia.
-         Vamos que quiere separarte de mí, la muy... – dijo su padre a voz en grito.
-         ¡No! Sólo quiere mostrarme un continente diferente, sólo una visita.
-         De acuerdo, porque a ella no le importaste al decidir quién se quedaba con cada una y ahora quiere llevarte y a mí dejarme solo.
A Sara esa clase de comentarios la llenaban de tristeza. Su padre estaba siendo muy duro. Ella tenía una hermana: Paula. Su madre decidió cuidar a Paula, y su padre se quedó con Sara, pero dicen que lo echaron a suertes, porque a los dos les rompía el corazón tener que dejar a una de sus hijas durante unos años hasta que pudieran volver a verse de nuevo; ¿el gran problema? La distancia. España – Australia. Miles de kilómetros, horarios diferentes, vacaciones en estaciones que jamás coincidirían... Era realmente complicado que se pudieran ver a menudo.
Sara ni siquiera se despidió, salió por la puerta y fue andando hacia su instituto.
Por el camino se encontró con Ángela, mejores amigas desde la guardería. Ambas unas incomprendidas.
-         ¡Hola, Sara! – dijo su amiga.
-         Hola, An – dijo la otra chica abreviando su nombre como de costumbre.
-         Ya te he dicho mil veces que no me llames “An” – dijo Ángela.
-         Oh, vamos, ¡si suena genial!
Siguieron discutiendo el tema por el camino hasta llegar a su clase, donde Luis les guiñó un ojo a modo de saludo, y los demás cotilleaban acerca de los pantalones campana que se había puesto Sara por una notita que pasaban con discreción.
Esa notita contendría las posibles claves que ayudarían a que, después de todo, la vida de Sara no fuera tan sumamente aburrida como solía ser: chicos, fiestas, vestidos increíbles... Todo estaba a un pasito de distancia... ¿o deberíamos decir... a un deseo?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Mi novela, disponible en Amazon.

Mi novela, disponible en Amazon.
Papel: 7,02 euros. Ebook: 1,57 euros.