jueves, 26 de mayo de 2016

I woke up wanting to kiss you

Una vez me preguntaste que por qué te quería, y me quedé un poco en blanco. Pero no era por falta de motivos, sino todo lo contrario, en mi cabeza se sucedían miles de momentos y no me daba tiempo a ordenarlos.
Ahora tengo un rato libre, así que te lo voy a decir:
Te quiero porque, no es que aceptes mis defectos, sino que para ti ni siquiera son tal cosa.
Te quiero por el cariño que pones a todo lo que me preparas: ya sea algo de comer, o un regalo. Y por la mirada de concentración que le dedicas, como si el único objetivo fuera que saliera perfecto para que yo fuera feliz.
Te quiero por cómo me has tratado desde el primer día: con paciencia, sin prisas, parece que ya sabías de antemano que íbamos a estar mucho tiempo juntos, así que no había que ir corriendo.
Te quiero por tomarte las cosas con calma, y por intentar transmitírmela.
Te quiero por tu entusiasmo hacia lo que te gusta. Y por tu sinceridad.
Te quiero porque te parezco la chica más guapa del planeta y porque coges mis manos con precaución. Te quiero porque me haces sentir protegida. Te quiero por cómo te despeinas. Te quiero por cómo me intentas demostrar que te importo.
Te quiero por tenerme en cuenta en todo, y te quiero porque me decían que tenía demasiadas expectativas y llegaste tú para cumplirlas.
Te quiero de la misma manera en que los astros se abrazan al cielo en cuanto oscurece.
Te quiero porque me dejas estar unida a ti.

domingo, 15 de mayo de 2016

La vi ayer

La vi ayer y creo que nunca me había sentido tan prendado por la cara de alguien.
Se reía todo el rato. Me dijeron que ella no bebía, y que el alcohol le había subido rapidísimo. No pude evitar enternecerme.
Decidí, después de numerosos intentos de establecer una conversación más o menos con sentido, sacarla a bailar. Le cogí de las dos manos y la llevé conmigo; parecíamos viejos amigos que bailan con complicidad como se hace cuando somos niños.
Se reía, muchísimo y bonito.
No me atrevía a cogerla de la cintura, pero ella pasó sus brazos alrededor de mi cuello y saltaba feliz junto a mí.
En realidad, me apenaba pensar que solo estaba así por la euforia de la bebida, pues no me conocía de nada. Hasta que se acercó a mi oído y me susurró: "Esto solo es Coca-cola, lo sabes, ¿no?".
Estallé en carcajadas y decidí llevarla lo más cerca del cielo, que nos miraba divertido.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Cardía

Érase una vez un monstruo. Un ser tan monumental y arrollador, tan basto, que hacía huir a pueblos, países y mundos. Las madres podían dejar a sus hijos sobre la tierra si él lo pedía.
Sus deseos eran órdenes que se cumplían sin duda alguna.
Se levantaba por la mañana, devoraba el sol con sus fauces, y robaba la luz de la luna.
Un día, una muchacha que solo tendría dieciséis años, decidió hacer algo al respecto. No podía dejar pasar que una criatura por horripilante que fuera, robara todo lo que tenían.
¿De dónde podía haber salido? ¿Por qué estaba allí y no en un mundo regido por los de su especie?
La joven se levantó más decidida que nunca y decidió adentrarse en la cueva oscura de la tercera montaña. Aquella en la que imperaba el frío helado y los dedos se congelaban al poner un pie dentro.
Se escapó ante los gritos de prohibición de sus padres, que no volverían a verla.
La joven caminó durante dos días, dejando que en la noche fuera la naturaleza exuberante de su país quien la cobijara y le diera el calor necesario.
Terminadas sus provisiones, avanzó los últimos kilómetros hasta llegar al famoso, y descrito hasta la saciedad, destino.
Entró y, como ya he dicho, no volvió a salir.
Sin embargo, por la noche, los rayos de la luna sí asomaban entre las nubes algodonadas. 
El sol iluminaba y hasta los más recónditos espacios parecían aguardar prosperidad entonces. 
El temor se esfumó a favor de la leyenda de Cardía, que cuidó a la extraña criatura. Que aprendió quizás a amar. Dicen que desde entonces se escuchaban suspiros en la tercera montaña.

jueves, 5 de mayo de 2016

De cuando leí La transformación, de Kafka

Dejando de lado todo el simbolismo con el que mi profesor nos bombardeó, me sorprendió más aún la facilidad con la que el autor conseguía hacer que me olvidara de buscar la verosimilitud para engullirme con la fuerza de su historia.
No hay grandes giros, ni una trama en la que sucedan hechos notables, pero eso es lo que la hace más original. Y más increíble aún, no se hace aburrido. Kafka envuelve y te arrastra con Gregorio Samsa, el protagonista, y su extraña e inexplicable metamorfosis.
Tampoco hay miramiento alguno para describir situaciones grotescas y reacciones que lo son aún más y que quizás por eso reflejan tan bien la indiferencia humana ante tantos aspectos, así como la angustia de un ser que con una metáfora que va directa al grano, demuestra su incomprensión ante las personas, su incomodidad y su mentalidad que va progresivamente abocándose a un final previsto desde el inicio.
¿Qué destino podría tener una criatura así? ¿Tan animal, tan inesperada? Si las personas más cercanas a ti no logran aceptarte ni ver qué estás intentando decir, ¿cómo sigues? ¿A dónde piensas llegar?
Estas son las preguntas que fundamentalmente cruzaban mi mente mientras leía este libro corto, que desde luego recomiendo. Merece ser disfrutado, pero en vez de buscar importantes hechos que te dejen mudo, encuentra los pequeños acontecimientos que provocan grandes cosas.

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